16 enero 2011

Ultima pitada.

Se despertó entre medio de un sueño y cuando quiso darse cuenta estaba recostada sobre el respaldo de una silla, en aquel bar de la esquina que refugia sus miedos, anhelos y sueños desde ya hace meses. Para Mariana ese bar, esa silla, ese respaldo, eran su cuarto, trataba de vivir saliendo de ese lugar muchas horas durante el día pero siempre al final terminaba recordando que todo lo que pasaba allá afuera quedaba de ese lado, nunca quiso mezclar a la gente y las emociones conocidas durante su salida con ese bar mimetizado en su propia habitación.
Conoció un mimo, un malabarista, un escritor, una abogada entre tantos mas. Se dio la oportunidad de salir con cada uno de ellos, solo con la abogada llegó a una amistad de esas que se puede decir duraderas, pero nunca la hizo conocer su bar, ni al mimo, ni al malabarista, ni al escritor ni a ninguno de los que le siguieron a ellos.
La otra tarde se encontró con un loco de aspecto correcto y seguro, lo miró con desconfianza, de arriba hacia abajo, hasta que él se acercó a hablarle y preguntarle que era de su vida, que hacia en sus días y como disfrutaba de las horas. Mariana se encariñó, pasaron uno, dos, seis, diez días y todo iba mas que bien, él quería seguir conociéndola y meterse en su mundo, ella pensó que ese loco que había conocida una tarde por casualidad a la vuelta de su bar podía llegar a ser quien le de alegría a su corazón. Pasaban los días, corrían las horas hasta que Mariana lo llevó a la vuelta de la esquina, quería que él conociera su habitación, ese rincón de aquel bar que nunca la defrauda, que noche tras noche la refugia entre música, libros y personas extrañas. Justo esa tarde que iban de par en par por la vereda donde pegaba mas el sol, él le dijo que en media hora debía irse, en la otra punta de la ciudad lo esperaba su real vida solo estaba de paso por esa zona tratando de hacer revivir la esperanza de los demás porque mas allá de que después tuviera que dejarlos les hubiera hecho notar por un tiempo corto que tenían motivos para sentir y vivir.

-Pero si yo estaba bien, tenía todo lo que quería, un mundo perfecto para mi, centrada en lo que mas me gustaba, ¿para que me saludaste ese día?- repetía una y otra vez ella.
-Hace días que sigo tu rastro y algo te faltaba, desde afuera se nota ese pequeño equilibrio falso que construiste, ahora ya sabes como encontrar el real, yo no puedo hacer mas nada por vos, hasta acá llego mi papel.

Dieron dos pasos mas, él se sacó el traje de correcto, la careta de loco y se esfumó en la última pitada que se vio por el aire, esa que Mariana dejó escapar..

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