El era la ventanita, el agujero minúsculo que dejaba pasar la luz a mi cueva oscura de miedo. El era la salvación, el camino a la libertad. El debía enseñarme a vivir o a morir, debía tocar mi corazón rígido con su mano firme y bella para que, bajo ese contacto, éste volviera a florecer o se deshiciera en cenizas. De dónde tomaba estas fuerzas, de dónde provenía la magia, en qué razones misteriosas se basaba este significado profundo para mí, eran cosas sobre las que no podía pensar y, además, daba igual: no me importaba saberlas. Ya no me importaba lo más mínimo ningún conocimiento, ninguna explicación: justo ahí habían estado mis excesos. Allí -en el hecho de ver tan claramente mi propio estado, de ser tan consciente de él- radicaban la tortura y la vergüenza tan agudas y desdeñables que sentía. Podía ver a ese tipo, a esa bestia de Lobo Estepario, atrapado como una mosca en una red, y observaba como su destino se acercaba a una decisión, como colgaba en la red, atrapado e inerme, como la araña se preparaba para morder mientras que una mano salvadora parecía estar igual de cerca. Podría haber dicho las cosas mas sabias y lucidas sobre las relaciones y las causas de mis sufrimientos, mi enfermedad anímica, mi neurosis y el mal de ojo que me habían hecho: la mecánica me resultaba evidente. Pero lo que hacia falta no era saber y entender; lo que anhelaba con tanta desesperación no era eso, sino experimentar, decidir, empujar y saltar.
Sea quien fuese ese muchacho sabio y misterioso, sea cual fuere la manera en que entró en contacto conmigo, me daba igual: ¡estaba allí, el milagro había sucedido y yo había vuelto encontrar una persona y un interés nuevos en la vida! Lo importante era solo que esto continuara, que yo me entregara a esta atracción, que siguiera esta estrella.

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